Voy por la ciudad rescatando paredes que ocultan viejas historias,
les extraigo el alma y se la dibujo en la piel, como un tatuaje.
Fernando Traverso
Un día el artista rosarino Fernando Traverso hizo un esténsil de una bicicleta y el 24 de marzo de 2001, para evocar a un amigo desaparecido por el terrorismo de Estado, empezó a multiplicar ese dibujo por toda su ciudad, hasta totalizar 350. Ni una más ni una menos, porque ese es el número (de momento) registrado de desaparecidos de la ciudad de Rosario.

Traverso estudió en la Escuela provincial de artes visuales Manuel Belgrano. Asistió a un taller de Juan Pablo Renzi, quien con sus pegatinas y bocetos de 1968 influyó en su experiencia artística. Realizó una clínica de obra con Graciela Sacco. Fue cofundador del colectivo artístico En Trámite.
Pero, ¿por qué evocar mediante bicicletas? Traverso se basó en el recuerdo de un encuentro en la calle con su amigo Cachilo, quien iba en bicicleta y que evitó saludarlo porque sabía que lo estaban siguiendo y no quiso colocarlo en una situación de peligro. Horas después del encuentro fallido, Traverso intentó seguir los pasos y reconstruir el recorrido de su compañero militante. Encontró la bicicleta atada a un árbol, pero no a Cachilo. Pasaron las horas y los días y su amigo nunca volvió por su bicicleta, al día de hoy continúa desaparecido.
Una vez lo detuvieron al intentar pintar una bicicleta en la pared de una comisaría. Otra vez alguien que pasaba en coche paró y lo llevó hasta su casa para que pintara una bicicleta en una de sus paredes. Su figura, transitando por las noches por las calles rosarinas con sus esténsiles se hizo conocida y querida en su ciudad.

La intervención político artística transcendió al ámbito internacional, Traverso trabajó en conjunto con artistas, militantes y estudiantes de Chile, México, Colombia, España y Estados Unidos. Según el contexto y el lugar las biciletas se resignificaron, incluso en la ciudad de Rosario, cobraron un nuevo sentido: la ciudadanía comenzó a enlazar las bicicletas con la historia del militante Pocho Lepratti, El ángel de la bicicleta. En Cali, Colombia, un grupo resignificó las bicis para hacer una declaración sobre la pobreza, en Zaragoza, España, los ecologistas la incorporaron a su lucha como forma de vida sostenible, En el País Vasco, los nacionalistas para evocar el dolor de las viudas que dejó la violencia, en México un grupo de activistas en Ciudad Juárez rindieron homenaje a las víctimas de Femicidio, para esa ocasión las bicis fueron pintadas en telas con estampados femeninos, en México también, las bicis son arte de la memoria fronteriza, los activistas estamparon una bici en un muro de sujeción de un puente que conduce a la frontera mexicano-estadounidense.
Hoy, las bicicletas de Traverso recorren casi todo el espacio urbano de la ciudad de Rosario, están sobre los frentes de escuelas, cerca de fábricas abandonadas, en las paredes de ex centros clandestinos de detención. Según sus propias palabras: “Siento que esas imágenes poseen una fuerte carga nostálgica, es indudable. Hay quienes al verlas evocan su infancia, en otros despierta el recuerdo de amigos idos. Hace un tiempo atrás un amigo que se había marchado al exilio me dijo que al verlas le recordaba aquella bicicleta que él había dejado en su casa familiar antes de emprender la huida. Otros no pueden dejar de vincularla con la historia trágica de Pocho Lepratti y los hechos del 20 y 21 de diciembre de 2001. Eso es lo maravilloso de esta obra, su constante capacidad de resignificación según quién la vea y en qué sitio de la ciudad la descubra. Su poder nostálgico oficia como un disparador de sentidos”.

El documentalista Diego Fidalgo llevó a la pantalla la experiencia de Traverso con su película Trescientoscincuenta, donde además de hacer conocer la figura de Fernando Traverso y su obra, le otorga un papel importante a lo que era la vida cotidiana de los militantes populares antes y durante la última dictadura, destacando asimismo la importancia del arte como herramienta de movilización.