Barrios por Memoria y Justicia

Mariana Sirimarco (Doctora en Ciencias Antropológicas-UBA. Investigadora Independiente CONICET-UBA. Este texto se enmarca dentro de una investigación en curso y es un resumen del artículo “La memoria desandada: los Museos de la Subversión. El caso de Campo de Mayo”, (Espacios Nº 60, Facultad de Filosofía y Letras-UBA).

A cuarenta años de la restauración democrática, es mucho lo que hemos logrado saber sobre lo sucedido durante la última dictadura cívico-militar. Es mucho también lo que nos falta. El campo de lo que resta por conocer es vasto, y se nutre también de aquello que —alguna vez sabido— aguarda todavía a retornar, plenamente, a la memoria colectiva. Nos referimos concretamente a ciertas prácticas museísticas que, en su momento, fueron ostensiblemente exhibidas. Después, prolijamente olvidadas. Se trata de los Museos de la Subversión, que existieron, públicos y visitados, durante esos años militares. Eran tres: uno en Campo de Mayo, otro en Córdoba, el último en la ciudad de Buenos Aires. Caído el gobierno de facto, fueron presa de una destrucción y un olvido programados: fueron desmantelados, destruidos; fueron hasta negados. Poco se sabe, a ciencia cierta, sobre sus finales. Se dice que el de Campo de Mayo fue cerrado a causa de la visita de un grupo de la Organización de los Estados Americanos que venía a investigar los centros clandestinos de detención de la dictadura. Se dice también, en discrepancia, que continuó funcionando de manera encubierta durante los primeros años de gobierno del presidente Raúl Alfonsín.
Estos museos eran espacios destinados a celebrar la lucha contra la subversión. O más precisamente: a exponer —mediante la exhibición de objetos— el éxito de esa lucha. A narrar el discurso triunfalista a partir de banderas, organigramas, armas de fabricación casera, libros prohibidos o maniquíes vestidos de guerrilleros, en tanto los elementos mostrados se volvían la expresión material de la derrota del enemigo, la prueba tangible de la superioridad de las fuerzas estatales.
Visitados por contingentes escolares en sus épocas de apogeo, casi dos décadas después de destruidos los Museos de la Subversión solo sobrevivían —para quienes no los habían conocido de primera mano— como datos inciertos en algunas notas al pie. Se dice, se supone, se estima (“que en tal y tal lado existió, durante la dictadura, un Museo de la Subversión”). Sujetos al vaivén de la memoria, presos de las oleadas por las que sabemos, olvidamos y volvemos a recordar, esos museos habían terminado por escabullirse del inventario de las prácticas de la época.
Bajo esta denominación formal (“Museo de la Subversión”) existieron tres sitios. Eran espacios que exhibían, en sus salas y anaqueles, material proveniente, de modo exclusivo, de la lucha contra la subversión. Uno, el Museo de la Subversión “Mayor Don Juan Carlos Leonetti”, inaugurado en 1978 en Campo de Mayo. Dos, el Museo de la Lucha contra la Subversión, que funcionó en el predio del III Cuerpo de Ejército en Córdoba a partir de 1980. Tres, el Museo de la Subversión “Cesáreo Ángel Cardozo”, emplazado en el I Cuerpo de Ejército, con sede en Capital Federal, desde 1981.
Estos sitios guardan una estrecha ligazón con la detención ilegal. Los datos son contundentes: el Museo Histórico “Mayor Don Juan Carlos Leonetti” funcionó dentro de la base militar de Campo de Mayo, en cuyo emplazamiento funcionaba el mayor campo de detención clandestino dependiente del Ejército. El Museo de la Lucha contra la Subversión funcionó en el Comando del III Cuerpo de Ejército, gigantesco predio —correspondiente a la estancia La Perla— donde funcionaba uno de los centros clandestinos más grande del interior del país. El Museo de la Subversión “Cesáreo Ángel Cardozo” estaba emplazado en el Regimiento I de Patricios (I Cuerpo de Ejército), que comenzamos a comprobar recientemente que funcionó también como centro clandestino.

Vista exterior del Museo de la Subversión, Campo de Mayo. Fuente: Archivo del diario La Gaceta, diciembre 1978. Vista exterior del frente de una casa pequeña, pintada de blanco. En el jardín, de césped recortado, se ve una estructura con placas.

El Museo de la Subversión de Campo de Mayo

Caída la dictadura, Santiago Omar Riveros, jefe de Campo de Mayo, y Jorge Rafael Videla, presidente de facto, negaron una y otra vez la existencia del Museo Histórico “Mayor Don Juan Carlos Leonetti”. Sin embargo, los responsables del Museo no habían ahorrado, en su momento, esfuerzos para visibilizarlo. Había sido recorrido, y profusamente, tanto por delegaciones periodísticas como por grupos estudiantiles:
Hay en el museo una pequeña cárcel del pueblo reproducida con lujo de detalles. Y también una cárcel móvil, especie de baúl transportable en un coche. Más allá destacan las ingeniosas máquinas lanzapanfletos y un lanzagranadas soviético RPG-7 capturado a los Montoneros. Hay muchas armas de fabricación casera, una bandera vietnamita y una pequeña camioneta que ocultaba una emisora de radio con la que se interferían los canales de televisión. El palo de fuego, una especie de lanzagranadas artesanal utilizado por la guerrilla, ocupa un lugar destacado en este singular museo de los horrores. La discoteca, la hemeroteca y la biblioteca marxistas pueden también contemplarse allí. Grabaciones de discursos de Fidel Castro, cantos revolucionarios, La Internacional. Periódicos de los grupos guerrilleros, un ejemplar de La Causa Peronista del 3 de septiembre de 1974, en el que Mario Firmenich, el líder montonero, y Norma Arostito cuentan cómo juzgaron y ejecutaron al ex presidente general Pedro Aramburu.
Pero no solo de prensa internacional se nutría este Museo. Se había transformado también, según parece, en una de las excursiones escolares comunes de la época. Y también el periodismo nacional había sido de la partida, aun desde muchos años antes a esos tempranos 1980, aun desde el momento mismo de la presentación oficial del Museo. En una nota aparecida el 26 de octubre de 1978, un cronista de la revista Gente celebraba su inauguración, en un despliegue de fotos a todo color a lo largo de siete páginas.
Sin tantas fotos ni tantas páginas, los diarios habían cubierto también la inauguración del Museo. Convocados al mismo evento —destinatarios todos de la misma alocución—, publicaron sus notas con tan pocas variaciones de contenido que bien pueden leerse, todas ellas, como una sola pieza:
Cuando uno ingresa al singular museo al que fue invitado, recibe su primera sorpresa que por cierto no es muy agradable porque hace recordar lo que se vivió en la Argentina en los últimos años, bajo la amenaza permanente de la subversión. (La Prensa, 05/10/1978: 16)
Un oficial de la guarnición acompañó a los periodistas en su recorrida, explicando cada uno de los implementos que usó la delincuencia subversiva para consumar sangrientos episodios que conmovieron a la sociedad argentina. (La Opinión, 05/10/1978: 6)
En un recinto de modestas dimensiones se exhibe apenas una parte del importante material secuestrado a los elementos subversivos en los distintos procedimientos realizados por las fuerzas del orden. (Crónica, 05/10/1978: 4)
Hay fotografías indescriptibles, pero rigurosamente reales, tomadas en ocasión del atentado de la subsecretaría del ministerio de Defensa o en el comedor de la Policía Federal. (La Razón, 05/10/1978: 4)

Interior del Museo de la Subversión, Campo de Mayo. Fuente: Archivo del diario La Gaceta, diciembre 1978. Material de prensa y difusión colgado de placas en la pared.


El verdadero museo de lo que había constituido la subversión en el país, se ve enriquecido con el aporte audiovisual, brindado por el relato de algunas hondas vicisitudes sufridas en el país, música grabada que llegó a venderse libremente en la calle Florida (según expresión de un jefe militar) con una exaltación abierta de la subversión en numerosos long plays. (La Razón, 05/10/1978: 4)
En la Sala de Acción Sicológica “Sargento Primero Favale”, se muestra un “video-tape” en el cual aparece hablando el guerrillero Firmenich. Fue secuestrado en junio pasado a la organización montoneros, y se pretendía exhibirlo durante el desarrollo del Mundial de Fútbol, interfiriendo la emisión televisiva. (La Razón, ibídem)
“Argentinos: no olvidéis esta realidad de la Patria herida para que el sacrificio de sus mártires no haya sido en vano”, es una visible leyenda que enfrenta quien abandona el Museo Histórico. (La Razón, 05/10/1978: 4)
Las fotos nos devuelven, en fragmentos, la existencia de ese espacio que fue. No refuerzan el inventario (ese que sobrevive en las palabras de los periodistas). Diríamos más bien que lo hacen renacer. O para ser más precisos: vuelven a ponerlo ante nuestra vista. No como podríamos imaginarlo a través de lo leído, sino tal cual fue. Sabemos, por supuesto, que la cámara no es, necesariamente, un testigo objetivo. Sabemos que la fotografía no es solo un proceso de registro mecánico, ni mucho menos la representación aséptica de lo “verdadero”. Sabemos que existen las ediciones y los montajes. Sabemos que —hasta en el mundo del fotoperiodismo— hay escenificaciones. Pero podemos acordar que aquello que registra la fotografía tuvo efectivamente lugar. El referente captado por la cámara —el Museo— debió estar allí para que la imagen se produjese.
Por ello, toda foto es de algún modo una supervivencia. Registra el misterio de una concomitancia; no es más que la representación de un objeto ausente como ausente. Sin embargo, en las fotos de estos Museos hay una supervivencia especial. Atestigua, claro, algo que ya no es. Pero eso a lo que refiere y sobrevive no es un espacio meramente perdido por obra del tiempo o del destino. Es un espacio destruido. Por eso estas fotos vienen a llenar vacíos particulares. Vienen a darle materialidad a eso que falta, a eso que quiso borrarse. Y es aquí donde la riqueza de estas fotos se despliega en otra dimensión. Una que se presenta bajo forma paradojal.
No nos referimos a las fotos que acompañan la versión impresa de esas notas de prensa, que son unas pocas y casi siempre retratan el mismo objeto (maniquíes, armas, una bomba vietnamita, la entrada a la “cárcel del pueblo”), si no a dos archivos puntuales que lograron sobrevivir a la devastación que sufrió la mayoría de los archivos fotográficos de los medios de prensa. Uno es el archivo del diario La Gaceta de Tucumán; otro es el archivo del diario Crónica (actualmente a resguardo en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno). El primero conserva cincuenta y siete negativos de la inauguración del Museo en 1978. El segundo, tres fotografías que muestran al Museo en 1980.

Interior del Museo de la Subversión, Campo de Mayo. Fuente: Archivo del diario La Gaceta, diciembre 1978. Mueble bajo conteniendo máquinas de prensa y granadas.


El primer archivo entraña una riqueza especial. Tan meticuloso fue el fotógrafo (o tan acaudalado en rollos fotográficos), que no solo podemos ver, del Museo, sus objetos. Podemos asomarnos también a su aire de chalecito vuelto espacio de exhibición: ver cómo eran las baldosas del piso, por donde pasaban las tiras de alfombra que demarcaban la zona peatonal, cómo lucían las cortinas que tamizaban la luz de las ventanas. O ver el césped cortado al ras y los arbustos y los arreglos de flores que enmarcaban la puerta de entrada. Porque en el archivo de La Gaceta hay hasta fotos del exterior del Museo. En eso radica este plus de riqueza: en dejarnos ver el espacio y su distribución. Por sí solas, y croquis mediante, esas cincuenta y siete fotos bastarían para recuperar la experiencia espacial (que no sensorial) de haber estado ahí: a través de ellas podemos saber por dónde se entraba al Museo, dónde estaba cada mesa. Qué se veía primero, qué se veía después. Al lado de qué cosa estaba cada objeto. Qué objeto obligaba a mirar hacia arriba, cuál obligaba a la mirada a descender a la altura de los pies.
Pero esas fotos no solo operan como pruebas de la existencia de estos Museos, reponiendo, con su aspecto fantasmático, ese referente que fue perdido. Operan sobre todo como marca visual del nexo de violencia que fue roto: de un lado la lucha, la subversión, el Museo. Del otro, la represión, el desaparecido, el centro clandestino. El contrapunto era implacable. En un juego perverso entre la literalidad y la tapadera, la retórica de la lucha contra la subversión encubría al terrorismo de Estado, la exhibición de lo “secuestrado” ocultaba a los detenidos. Y en medio, las fotos de prensa, a caballo entre lo exhibido y lo invisible. Materializando ellas mismas el juego entre lo que se ostenta y lo que se oculta; revelando, mediante la exposición de lo legítimo, aquello que se enmascara. Pero que abre espacios, también, para revisar supuestos. Porque reconstruir conlleva un compromiso: el de volver a mirar, a partir de lo ganado, los viejos puntos de partida.
Ese volver a mirar nos enfrenta a una paradoja: ¿cómo es que estos lugares logran desvanecerse de la memoria, habiendo sido, como fueron, tan públicos y transitados? Por supuesto, la paradoja solo es tal si tomamos estas premisas como verdaderas. Por el contrario, si las ponemos técnicamente en duda, emergemos con nuevos interrogantes. El primero apunta de lleno a desarmar esa articulación lineal entre lo “público” y lo “conocido”. Puede resumirse perfectamente en una pregunta: ¿cuán transitados eran, en realidad, estos Museos? Sabemos que su inauguración (o su existencia) fue seguida por la prensa. Pero sabemos también que la prensa había sido expresamente invitada a cubrir el evento. Sabemos que fueron visitados por escuelas. Pero tenemos indicios para sospechar que esas visitas eran también ofrecidas —tal vez hasta costeadas— por el Ejército mismo.
Es indudable entonces que el Museo que el Museo de la Subversión de Campo de Mayo era un espacio que podía visitarse. Ahora bien, ¿era un lugar completa y espontáneamente abierto al público? ¿O era más bien un espacio que funcionaba con visitas previamente concertadas y guiadas —como lo hacen hasta el día de hoy algunos museos militares—? Y en todo caso, ¿puede confundirse lo “público” con lo “masivo”? ¿Alcanzan esas visitas “cautivas” de prensa y escuelas (si es que lo fueron), para entender a esos Museos como espacios profusamente transitados (y por ende, como espacios socialmente conocidos)?
El ejercicio de revisión soporta todavía otro movimiento, este un poco más profundo y quizás más audaz. Siempre nos llamó la atención otra (aparente) paradoja: que de estos Museos de los que “nada” se sabía existiera, sin embargo, un caudal de información que abrumaba por volumen. No se trataba de datos que hubo que recuperar de lugares remotos y cuasi inaccesibles. La resolución de la paradoja, en este caso, convoca a nuevas preguntas. ¿Será que no buscamos esos datos? ¿Será que no buscamos esos datos pero igual repetimos no saber? ¿O será, al menos para este caso (y habrá que ver si para algunos más), que todo está más disponible de lo que creemos y que, por no creer que podamos encontrar, arrancamos suponiendo no saber?

By BxMJ

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