Barrios por Memoria y Justicia

Asesinados el 08/04/1977

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La familia Matsuyama es una de las muchas que durante la dictadura cívico-eclesiástica militar más sufrió la represión. Angélica Goyeneche, a quien recordamos hoy con emoción, porque ya falleció, fue la madre de Norma y Luis Matsuyama, la suegra de Eduardo Testa y Patricia Olivier, y pudo haber sido la abuela del bebé que esperaba Norma cuando fue aseinada.

Esta colocación fue otra de las que nuestra agrupación realizó fuera de su propio territorio barrial, en este caso en la calle Nueva York 2825, donde vivían estos tres jóvenes, y donde fueron masacrados el 08/04/1977. Las dos chicas estaban embarazadas y murieron en el lugar, junto con sus bebés por nacer. Se efectuó el 13/07/2022.

Angélica Matsuyama en la confección de la segunda baldosa familiar. La primera fue por su hijo Luis y su nuera Patricia. Esta por su hija Norma, su yerno Eduardo y su nieto que no llegó a nacer.

En esa ocasión leímos un mensaje que envió la madre de Adriana desde Uruguay, donde vive, debido a la imposibilidad de estar presente:

Adriana nació en Montevideo el 22 de agosto de 1959. Fue la segunda de tres hijos. El primero, Daniel, vive en Montevideo y el menor, Gabriel, en España desde el exilio. Mi marido fue Gerardo Gatti, militante sindical y social, varias veces detenido, que tuvo que exiliarse en 1971 en Buenos Aires, a punto de concretarse la dictadura cívico-militar en Uruguay. En el marco del plan Cóndor el 9 de junio de 1976 fue detenido, torturado en automotores Orletti y finalmente asesinado, como fue confirmado hace pocos meses después de tantos años en uno de los documentos desclasificados en EE.UU. relacionados con las desapariciones en las dictaduras del Cono Sur.

Mis hijos y yo permanecimos en Montevideo por corto tiempo hasta que decidimos trasladarnos a Buenos Aires y  tratar de estar más cerca de Gerardo a pesar de las dificultades del exilio. Mientras tanto la situación que aparentaba tranquilidad y acogida para los uruguayos fue dando señales de lo que fue claramente el cumplimiento del plan Cóndor, de colaboración entre las dictaduras para  aniquilar a la  oposición y a los pueblos.

En los primeros tiempos mis hijos echaron de menos nuestra casa, los familiares que quedaron allá. Particularmente Adriana sintió mucho separarse de sus compañeros y amigos de secundaria pero, poco a poco logró nuevas amistades. Ella comenzó a cursar en el liceo Nº 9, Santiago Derqui, en Belgrano. Pudo permanecer casi 2 años. Y, con angustia y temor fui advirtiendo que ella era sensible a la efervescencia política que creció y creció en Argentina y, no podía ser de otra manera, trabó amistad y compromiso con muchachas y muchachos de la Juventud Montonera.

Adriana sentía gran admiración por su padre, sus ideas y su entrega. Mi preocupación  fue entonces mucha y complicada la convivencia porque cada día más sobre nosotros se cernía la angustia por lo que pudiera pasarle al padre y los peligros que pudiera vivir Adriana. Ella era pura pasión y deseo de liberación. Mientras que en la Argentina aparecían muertos jóvenes militantes, muchas veces uruguayos, era muy difícil  oponerse a una muchacha de 17 años, que calibraba los valores y el ejemplo del padre.  Llegó el momento del  amor y se enamoró de un muchacho estudiante que llevaba el mismo camino ideológico que ella. Poco tiempo estuvieron juntos porque su novio, Ricardo Carpintero Lobo, fue secuestrado en Buenos Aires y desaparecido en enero de 1977. Gerardo ya había caído, el 9 de junio de 1976. Se hizo imperativo que el resto de la familia, los hermanos y yo,    buscáramos asilo fuera de la Argentina, pero fue imposible convencer a Adriana del peligro y hasta de la muerte probable. Era imposible convencerla por sus convicciones, su dolor y, como decía, su esperanza de reencontrar a su padre o seguir su ejemplo.

El 6 de agosto de 1976 llegamos a París, con visa de refugiados, Daniel, Gabriel y yo. No voy a extenderme sobre un pasaje que me produjo desesperación y dolor.

Para entonces, desaparecidos su novio, Ricardo Carpintero, y su padre, Gerardo Gatti, Adriana fue a vivir con sus compañeros, Norma Matsuyama y Eduardo Testa a la casa de la calle Nueva York.  A los pocos meses supe que Adriana estaba embarazada de casi 8 meses. Y el 8 de abril de 1977, tardé un poco en confirmarlo, supe del asalto  incluyendo helicópteros y múltiple asesinato de los tres muchachos que habitaban la casa.

Hace un tiempo, en  julio de 2013, fue puesta una baldosa frente al liceo donde estudió Adriana, y otra chica, de apellido Olleros, en Buenos Aires. Se reunió un grupo apretado  de alumnos y gente grande. Y yo sentí la solidaridad, la comprensión y el efecto impresionante que me causaron esas baldosas en el mismo lugar donde esas chicas caminaron, soñaron y también rieron.  “Si están en la memoria… son parte de la historia”.

Martha Casal de Gatti

Martha consiguió que los restos de su hija Adriana fueran recuperados y enterrados en Madrid, adonde se había exiliado con sus otros dos hijos.

Alicia Testa, hermana de Eduardo, en la colocación de la baldosa.

Eduardo, “Dumbo” e Inés, “Negrita”, tenían 20 y 19 años, respectivamente. Eran militantes de la UES, y él era dirigente de esa agrupación peronista. Eran pareja y esperaban un hijo. Faltaban dos meses para que naciera ese bebé. Nunca lo hizo. Fue asesinado con sus padres por un operativo conjunto de Policía, Ejército y Aeronáutica.

By BxMJ

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